nano day 2

Noviembre 3, 2006

Una noche salí con Roberta al cine. No quería dejar a Tosca en el patio trasero aunque era invierno y creía que hacía mucho frío para un cachorro como ella. Decidí dejarla en el pasillo del departamento, poniendo unas barricadas con algunas cajas de mi mudanza que aun no desempacaba.
Puse más cajas, tapando el acceso a la sala y otras tapando la cocina.
Al regresar esa noche, al abrir la puerta, Tosca quería saltar para recibirme. Se había comido parte de las tapas de cartón de las cajas de la cocina. Cuando prendí la luz del pasillo me encontré que se había cagado por todo el pasillo. Era hasta cierto punto normal. Lo que no fue normal fue encontrarme uno de los marcos de la puerta de la cocina todo mordido.
Como no tenía mucho que hacer por esos días y el diseño web lo tenía completamente dominado, me dediqué a buscar en Internet cosas relacionadas a los perros y en particular que tuvieran que ver con la raza del Golden Retriever. De las primeras cosas que busqué fue alguna especie de instrucción, quería saber que era lo correcto para una perrita de su edad. Decía que debían de tener actividad física. En algún apartado explicaba la forma en que se les enseñaba a sentarse.
Descubrí que utilizando un objeto como recurso valioso, era como se le enseñaba.
Uno no debía darle el objeto hasta que el perro pusiera el trasero en el piso.
No sabía en realidad si mi perra era inteligente , yo interpreté sus sentados como un logro exclusivo de la persona que se lo estaba pidiendo.
Con las cosas que iba yo aprendiendo, todos los días le dedicaba cierto tiempo a enseñarle cosas, como a aventarle un hueso de hilo y que ella fuera a recogerlo y me lo trajera, a que se sentara para dárselo.
Mi novia Roberta vivía a una cuadra de un parque. En una ocasión que me quedé a dormir en su casa con todo y perra, recuerdo que al día siguiente la llevé temprano al parque. Alrededor de una fuente del parque había un grupo de gente, toda con sus perros enseñándoles a comportarse, a que caminaran pegado y a que se estuvieran quietos.
Le pedí a Roberta que fuera a investigar a ver de qué se trataba. Cuando regresó me dijo que se trataban de clases de obediencia, que el precio era bastante accesible.
Después de preguntar los horarios, una semana después, regresé al parque a tomar la clase con Tosca. Debíamos de formarnos todos rodeando la fuente que había en esa parte del parque.
La primer parte del ejercicio consistía en el llamado rechazo de alimento.
Pasaba frente a nosotros una de las instructoras con una salchicha en la mano ofreciéndole a todos los perros. Cuando el perro aceptaba, el dueño debía de darle un tirón con la correa. Uno de los requisitos al entrar y tomar la clase era el uso del collar de castigo. Esa primer clase entrenamos por cerca de 2 horas. Mientras veníamos de regreso pude observar que todo el cuello de Tosca se había irritado de sobremanera.
Tuve que llevarla inmediatamente con un veterinario.

Hubo un momento después de muchos sábados de llevar a Tosca al parque, en que al ver que mi perrita ya hacía casi todos los ejercicios caí en la idea de que se me daba lo del entrenamiento de perros.
La instructora en jefe y yo comenzamos a platicar un día y me atreví a preguntarle si había la posibilidad de que me enseñara algo más avanzado en el entrenamiento. Lo que buscaba era que me revelara secretos, es decir que me enseñara como volverme entrenados. Todo eso sumado a que en una ocasión, no lo voy a olvidar, vi ahí mismo a dos tipos que antes de nuestra clase sabatina se pusieron frente a la fuente a posar a sus perros parecido a la preparación para un concurso de belleza.

⎯Son entrenadores pro-fe-sio-na-les. ⎯dijo una de las instructoras.

Eso de profesionales efectivamente me sonó muy profesional.
La entrenadora en jefe me dijo en ese momento que haría lo posible para que en su próximo adiestramiento particular me llevara con ella para que viera de qué se trataba. La idea sonaba muy bien, pegarme a alguien para comenzar a ver cómo es que se entrenaban perros fuera del circuito de las clases en el parque.
Después de un par de semanas comencé a desesperarme porque no me llamaba y no me decía nada acerca de cuándo iba a ir con ella a entrenar.
Mi desesperación fue tal que ya no quise esperar más, comencé a aburrirme de hacer los mismo ejercicios con Tosca y me di a la tarea de buscar en Internet alguna escuela profesional que tuviera algún curso de formación para entrenadores.
Así fue como llegué al sitio de UCA, la universidad de su perro, que ofrecía ese curso. Llamé por teléfono solicitando información, en pocos minutos me mandaron por Internet el plan de estudios.
Como casi siempre pasa conmigo, pido informes de algo, me entusiasmo y después ya a la mera hora, todo queda en eso.
El plan de estudios comenzaba con cosas muy básicas pero interesantes, había apartados que decían cosas como morfología del perro, psicología del perro, cuidados del perro, técnicas de adiestramiento, etc.
El plan de estudios estaba dividido de una forma muy marcada en dos partes. La primer parte era todo lo que me interesaba, la segunda me resultaba rara y no llamaba mi atención. Había apartados que decían algo así como marco legal, técnicas de agitación y mordida. Nada más de leer la palabra mordida la cosa se ponía escabrosa porque definitivamente yo no quería saber nada de mordidas.
Días después la secretaría de UCA me llamó para preguntarme si había recibido el mail con toda la información. Le dije que si, que me interesaba, que deseaba saber principalmente la duración del curso y el costo. La mujer me dijo que que cada modulo duraba 15 días y que tenía un costo de 12 mil pesos cada uno.
¿24 mil pesos?…sí…escuché bien.
Me interesaba, por supuesto, pero primero no quería la segunda parte, tampoco tenía dinero, estaba desempleado.
Después de algunos días de haberle dicho que lo iba a pensar, volvió a llamar. Me comentó que ya iba a dar inició el curso, que ya había 4 personas inscritas que me animara. Me dio la opción de iniciar con el primer modulo y ya después de una semana tomar o no, la decisión de cursar el segundo, que con un anticipo de 4 mil…sí ya sonaba mejor eso de 4 mil pesos.
Recuerdo que busqué amigos que pudieran prestarme dinero, encontré el prestamo, estaba ansioso por comenzar, una noche antes, me di a la tarea de investigar la dirección porque el sitio me sonaba muy apartado de mi departamento en el corazón de la ciudad, y lo estaba.
A topilejo se llegaba por la carretera libre a Cuernavaca, en el km 23 creo estaba. Debía tomar primero el metro a C.U., después un camión al estadio Azteca y de ahí salía otro camión que decía Parres, mismo que me dejaría en la entrada a topilejo. De ahí un microbús a un punto, después caminar, o sea que estaba lejísimos.
Al llegar a UCAPSA me dí cuenta que una persona estaba bajando de su auto al mismo tiempo en qué llegué. La persona a simple vista me parecía intimidante, traía puestos unos lentes oscuros, en la cintura portaba toda clase de artilugios, al estilo de un policía. Se le veía con mucha prisa.
La puerta de la entrada a UCA estaba abierta, así que después de que el tipo ese medio policía entró, yo entré detrás de él.
Me presenté con la secretaría a quien le pagué el anticipo, ella a cambio me entregó una carpeta rotulada con el nombre de la empresa, la carpeta contenía el mismo plan de estudios que anteriormente me había mndado por mail, el resto, hojas blancas para escribir.
Me dijo que en unos minutos en un salón de la entrada comenzaría el curso. No saludé a nadie, ya rondaban por ahí los que parecían ser mis compañeros.
El curso comenzó con las desgastadas presentaciones, estaban al frente de un rota folios el director de la Academia de Entrenadores llamado Alejandro y el policía llamado Paul.
Para pie de nota debo decirles que uno de los lineamientos del curso era el siguiente: A las 5 en punto, hora en que daba inicio el curso se tocaría el tema musical We are the champions de Queen, cuando este terminara se cerraría la puerta y nadie podría entrar. Es decir que si llegaba tarde, mi viaje de casi 3 horas a topilejo, no tendría sentido, además de que en promedio el día de curso me estaba saliendo en mil pesos.
Ese simple hecho me ponía los pelos de punta, por el dinero y mi tiempo invertido, además de mi ocurrencia de involucrarme en semejante trote.
De acá del otro lado eramos 4 alumnos. 2 de ellos se veían bien, el otro parecía un empleado de limpieza.
Después de una presentación escueta de cada uno de ellos y de nosotros, Alejandro nos interrogo sobre la forma en que nos habíamos enterado del curso, comenzamos con un marco teórico sobre el origen del perro, que venían de los lobos nos dijeron.
Dos horas después hubo un receso para tomar café e ir al baño.
Regresando, ya todos en el salón, Alejandro le solicitó a un empleado traer un perro al salón.
La cosa comenzaba a ponerse buena con un perro dentro del salón de clase.
Nos llevaron al que en su momento no sabía qué raza era: un akita.
Un cuidador lo sostenía con una correa, Alejandro sacó un instrumento raro llamado zoometro, artilugio para sacarle medidas a los animales.
Comenzamos a conocer los distintos nombre de los partes del perro, en cierto momento debimos pasar al frente tomar el zoometro y sacarle medidas al perro. Por ejemplo la medida de talla de la cruz al perro.
Afortunadamente no fui el primero en pasar, quien pasó primero fue en de la limpieza, que bueno no era de limpieza, su nombre después lo supe era Pedro.
Pedro pasó al frente y comenzó a tomarle medidas al perro un poco nervioso.

⎯¿Qué fue lo que hizo mal su compañero? ⎯nos preguntó Alejandro.

A mi se me ocurría que no había sacado las medidas correctas, sin embargo me quedé callado.

⎯Lo que su compañero debió haber hecho antes que nada era preguntarle al manejador su se podía aproximar al perro. ¿No?…

Cóño, además de todo esto de tener que acercarme a perros desconocidos, yo sólo le tenía confianza a mi perrita Tosca, comenzaba a fastidiarme la idea de una dinámica de preguntas capciosas.
Observando al policía, me di cuenta de que efectivamente lucía como un policía, un policía mamón, pero en ese momento relajado y divirtiéndose.
Alejandro lo presentó como diplomado en seguridad integral. Seguridad igual a policía, no andaba tan equivocado.
Paul encendió un cigarro que después tuvo que apagar a solicitud de Alejandro. No se podía fumar en le salón de clases.
Paul continuó hablando de los sentidos del perro, la vista de los perros, su olfato, principalmente.
La primera clase terminó a las 9 p.m.

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