nano day 18 and 19

Noviembre 20, 2006

Los días transcurrían así. Todas las mañanas salía de casa con rumbo al campo de entrenamiento, trabajaba con Nerón en los ejercicios de obediencia y después regresaba a casa.
Llegando a casa, lo primero que hacía era ver a mi perrita Tosca. En mi ausencia la dejaba en un patio grande que tenía mi departamento. Tosca sabía que cuando me escuchaba llegar era momento de salir a la calle. Como todas las noches, salíamos a casa de Roberta. El paseo se volvió una rutina. Comencé a aplicar lo que había aprendido en Topilejo en cuanto a la obediencia. Pulí todos los ejercicios, había obviado algunas cosas que por las noches durante el trayecto trataba de corregir. En la casa de Roberta platicábamos de cómo nos había ido a los dos en nuestros respectivos trabajos. Después ya entrada la media noche, cenaba en su casa y veía un rato la televisión. Después cerca de la 1 a.m., regresaba a casa para dormir.
En una ocasión cuando regresé y estaba a punto de abrir junto con Tosca la puerta del edificio me di cuenta de que había más iluminación que salía de la puerta de entrada de lo acostumbrado. Al fijarme bien, vi esa noche que la ventana de la puerta principal estaba rota. Yo era el único que vivía en el edificio, la mayoría de los departamentos eran utilizados como consultorios médicos. En la planta baja en donde vivió había dos negocios. Uno de ellos era una estética y el otro una boutique de ropa secretarial.
Esa noche pude ver en la entrada a dos tipos de espaldas que trataban de entrar a los locales. Les vi la nuca a ambos, ellos no se percataron de que los observaba. Eso sucedió justo cuando estaba a punto de sacar mis llaves y entrar. Al ver eso, instintivamente me seguí de largo hasta la esquina de la calle en donde había un teléfono publico.
Tosca se limitó a seguirme los pasos. Decidí no llamar a la policía auxiliar, por alguna razón que desconozco, me sabía el teléfono de la policía judicial, les llamé.

⎯Hay dos sujetos dentro del edificio en donde vivo ⎯dije.

La operadora me dijo que permaneciera ahí, yo contesté que en cualquier instante saldrían y que no podía quedarme en aquella esquina.
Después de colgar cruce la calle junto con Tosca a un puesto de jugos que estaba muy cerca de la entrada al metro. A los 10 minutos llegó una patrulla a checar el edificio. Los policías entonces corrieron de regreso de la entrada con dirección a su patrulla. Desenfundaron sus armas como si repelieran un ataque, sólo que los de adentro no traían pistola.
Minutos después llegaron muchos refuerzos, cerca de 30 elementos de diferentes corporaciones. Observé como los sacaron del edificio y los subieron a la patrulla. Cuando todo pareció haber terminado, me presenté en el edificio.
Yo era el único que podía abrir el edificio, al entrar y acercarme a la puerta de mi departamento observé que había logrado forzar una chapa y rompieron un vidrio. Tenía una segunda chapa al piso, eso fue lo único que los detuvo de no entrar a robar a mi departamento.
Tuve que entrar cargando a Tosca para que no se cortara con los vidrios esparcidos por el piso.
Me dijeron que no podía alterar evidencia, o sea que no podía limpiar ni acomodar nada. Era noche no pude dormir porque en cualquier momento iban a llegar los peritos a revisar.
Lo que siguió fue lo acostumbrado, ir a la delegación a levantar un acta, esperar a los peritos, y hasta el siguiente día pude por fin irme de aquel sitio a casa de Roberta.
No tenía intenciones de regresar, la puerta de la entrada al edificio había sido forzada y no estuvo seguro el edificio durante los siguientes dos días.
Al siguiente día regresé a casa, tuve que decidir sacar de ahí las cosas que más me importaban: mis discos, mis papeles personales y a Tosca, me mudé prácticamente en 24 horas a vivir con Roberta.

Después de cerca de un mes, llegó a mi apartamento un citatorio para ir al reclusorio norte a ratificar mi declaración y carearme con ellos.
Sinceramente estaba aterrado por la situación, cuando llegué a encararlos, pude verlos y ellos a mi. Supongo que no lograron entender cómo fue que los había sorprendido, quizá pensaron que nadie vivía en el edificio. Recuerdo que regresando a casa de Roberta presentaba ya un cuadro de colitis nerviosa.
Tuvieron que pasar otros 10 días para que se me pasara el susto. Después de eso, le dije a Roberta que estaba listo para dejar su departamento.
Ella me insinuó que si me iba, lo consideraría como un retroceso a nuestra relación. Esa fue la razón principal del porque comenzamos a buscar una casa en donde vivir juntos.

Sé que pareciera algo egoísta pero comencé a buscar un sitio en donde vivir pero que estuviera cerca del campo de entrenamiento de Paul.
Subiendo por la carretera, el campo estaba ubicado en el km 4.5. y a los pocos días encontré una casa en renta en el km 6.5.

Unos días después de mudarme, platiqué con Paul acerca del intento de robo. Le comenté que estaba en un panico permanente y que no deseaba que en mi nueva casa me ocurriera lo mismo.

¬⎯¿Tienes idea en dónde me pueden cotizar un circuito cerrado de video para la casa?
⎯Sí claro, los venden casi en cualquier sitio.
⎯Y también si sabes, ¿Quién me podría vender un par de rotweilers entrenados?
⎯¿Para qué quieres perros?
⎯¿Cómo para qué? ⎯le dije. Quiero unos bueno perros para que si alguien se brinca la barda, los perros los muerdan. No puede ser que me dedique a entrenar perros de seguridad y que me asalten. También quisiera una malla electrificada. Con las camaras de video, la malla, y los perros estaré más tranquilo.
⎯Exageras…Ya no te preocupes, no creo que te vuelva a pasar. Los rateros no iban sobre ti, seguro fue algo circunstancial, ellos lo más probable fue que intentaron entrar a tu departamento cuando se vieron sorprendidos, fue para huir por la parte de atrás de tu patio.

Cuando terminé de entrenar a Nerón en el trabajo de obediencia siguió la parte de guardia y defensa. Para ese adiestramiento es necesario que lo trabajen dos personas. Uno el manejador de perro, y el otro es el hombre de ataque. Se suponía que yo era el entrenador por lo tanto era necesario que Paul consiguiera a un hombre de ataque para que me ayudara.
Las primeras veces Paul se ofreció a ser el hombre de ataque: Debo decir que a Paul le gustaba mucho la agitación, es decir hacer el trabajo que hace el hombre de ataque.
Yo llegaba primero al campo, relajaba a Nerón, después le daba un repaso de su rutina de obediencia, después llegaba Paul y comenzaba a agitación.
El trabajo se volvió muy metódico. En la agitación, yo me paraba con Nerón en una esquina del campo, me lo ponía del lado izquierdo, tomado por la correa. De pronto, Paul aparecía desde lejos, comenzaba a caminar con paso rápido en trayectos rectos con cortes al lado contrario. Nerón lo observaba y entraba en angustia. En un humano sería como sentirse incomodo por lo que tenía frente a si. Tenía un vicio que consistía en darse vueltas sobre si, en el mismo lugar en donde estaba parado. El primer reto que tuve fue lograr que Nerón no girara, que lo mantuviera al frente.
Paul en esta etapa de inicio del entrenamiento, no traía puesto ningún traje de agitación, lo único que llevaba consigo era una jerga rota, enrollada. Su trabajo era acercarse cada vez más. Si por suerte en esa primera sesión se lograba que Nerón emitiera un ladrido, ese había sido un excelente primer día de entrenamiento. Si Nerón ladraba, Paul saldría corriendo en dirección contraria a nosotros, eso le indicaba al perro: ladro y el intruso huye. Después de todo pienso que ante tanta ansiedad de Nerón el que el intruso huya es una buena forma de salir del paso, de acabar con el entrenamiento del día, de decir regrésenme a mi jaula y denme de comer que ya me quiero dormir.
Y a pesar de toda esa carga genética que iba en contra de Nerón, este ladro, lo hizo dos veces, con intervalo de silencio, fue un ladrido con miedo.
Cada día que iba al campo, además de enfrentarme al animo de Nerón, habían otras cosas que sucedían. No sólo estaba ahí para entrenar a Nerón. Me encargaba de la limpieza del campo y de sus 4 jaulas.
Con los días tuve que llegar a conocer lo suficientemente bien a los rotts que le había regalado a Paul, me refiero a Hunter y a Jade. Y digo lo suficientemente bien porque así debió de ser para poder llegar todas las mañanas, sacarlos de sus jaulas para que corrieran un poco y alimentarlos, sí eso, darles de comer.
El campo tenía una extensión aproximada de mil metros cuadrados.
En una esquina era en donde paul había mandado construir las 4 jaulas de ladrillo. En la jaula 1 estaba Hunter, en la 2 Jade, en la 3, Nerón y la jaula 4 era una especie de bodega, para eso entonces aún no teníamos otro perro. Hunter y Jade podían salir juntos, su ímpetu los hacía correr cor el campo, cruzar el ring de trabajo que recién se le había puesto pasto y el invierno no lo había dejado que se diera lo suficientemente bien como conocemos un césped cuando pensamos en eso.
Las jaulas eran de un tamaño aproximado de 2 X 2.5 mts. Paul acostumbraba cubrir todo el piso con viruta de aserrín. Decía que el aserrín chupaba los orines y envolvía en excremento de los perros. Sí, era cierto, resultaba relativamente fácil barrer el aserrín sucio y poner nuevo. El problema era que Paul era el que surtía el aserrín, entonces si Paul no iba al campo lo suficiente, el aserrín escaseaba.
Mientras los perros salían a correr o relajarse, yo barría y colocaba aserrín limpio en toda la jaula. Había cubetas metálicas para el agua. Las cubetas se amarraban a la mitad de la puerta que era fija y hecha de malla de grueso calibre. Debía entonces desamarrar el alambrito para quitar las cubetas, lavarlas y poner agua limpia, después volverlas a amarrar.
Limpiar, cambiar el agua. Lavar cubetas y platos, lavar platos de comida, dar de comer, retirar los platos, todo eso debía de hacer antes de poder sacar a Nerón y entrenarlo. Los perros como Nerón que recibían entrenamiento debían comer hasta una hora después del entrenamiento.
Eso tiempo muerto lo dedicaba a recoger por todo el campo el excremento de los perros que previamente salían a relajarse. Además acarreaba el aserrín sucio de las jaulas a la parte de la entrada, cerca de 40 metros, para que cuando pasara el camión de la basura y Paul regresara a casa, lo dejara en unos contenedores que estaba frente a un parque de diversiones.
Era el tipo de trabajo más parecido a mantener una granja. El agua en esa época de invierno estaba casi congelada, sentía que me cortaba las manos cuando lavaba los platos. El clima hacía que fuera con chamarra, por lo tanto ese tipo de trabajos físico resulta incomodo cuando se trae mucha ropa. Pasaba varias horas al día en ese campo solo con los perros.
La parte trasera del campo era una reserva ecológica llena de árboles. Por momentos al estar en el campo me olvidaba de que vivía en una megalópolis. Del lado opuesto al bosque habían un cerro muy grande con algunas casas. En esos tiempos muertos en los cuales debía esperar después de haber entrenado a Nerón pensaba cómo había cambiado mi vida. Ya no estaba en mi departamento de la colonia Narvarte, tampoco vivía la experiencia de ir a Topilejo a tomar el curso de adiestramiento. Por cierto, Alejandro de había hecho el desentendido en cuanto a darnos un reconocimiento por haber tomado el curso dos meses atrás.
La vida en el campo y el bosque era algo extraño y novedoso para mi. Me hacía a la idea de que ese tipo de vida dura era lo mío. Con lo frío del agua y mis botas con residuos de excremento, recordaba el opuesto: una oficina en Masarik, un café expresso, lociones de diseñador por los pasillos y yo sin soltar un solo instante el teléfono. En el campo ni siquiera había señal de celular. Cómo me gustaría ahora haberme tomado fotos de esos momentos, empujando una carretilla llena de aserrín orinado o dentro de una jaula junto a un rott hambriento. Jade era una perra tranquila y cariñosa, dato curioso que comenzaba a hacerme cambiar la imagen que siempre tuve de esa clase de perros. Por otro lado, Hunter no era cariñoso, era un perro sumamente independiente, con el paso de los días me di cuenta que le faltaba un pedazo de lengua. Mejor dicho, además de que le faltaba un pedazo, la tenía partida con la mitad como si fuera una serpiente. Paul me había dicho que se lo había hecho en una pelea con otro perro: mejor no haberlo sabido.

Nerón comenzó a morder la jerga cuando se dio cuenta que con su ladrido no se deshacía del intruso de Paul. Seguía ladrando con miedo, pero al hacerlo en lugar de que Paul huyera, seguía adelante y adelante. En determinado momento sacaba la jerga y comenzaba a moverla hacía los lados. Si un perro tiene el suficiente instinto de presa, se olvidará inmediatamente de sujeto y se enfocará en el atrayente u objeto en movimiento. Si no, pues seguirá ladrando tratando de que el sujeto se vaya. En cierto momento si el perro no tiene presa, pasará muy cerca del perro en un trayecto como en huida. Ahí es en donde se supone que el perro se arma de valor y muerde el pedazo de jerga en huida.
Nerón sin instinto de presa comenzó a morder la jerga.
Es divertido como se le deja la jerga al perro y el intruso sale huyendo. La mayoría de las veces el perro suelta la jerga inmediatamente, otras cuando más me gusta, es cuando la sacuden con todas sus fuerzas, como zarandeando a su presa.
En el campo las cosas iban bien con Nerón, en casa había abandonado un poco a Tosca al pasar varias horas fuera.
Hubo un momento en que continué yendo al parque los sábados.
Estaba ahí, junto con los demás. Todos en fachas, algunos con pants, una señora jalando a su French en su primer clase. Ándale chiquita, camínale, mira como lo hacen los demás. Eso era un circo, una pareja de gays, uno de ellos que hacía pesas llevaba una hembra de Rott, un ruco con un pastor alemán que nunca lo obedecía. Una chica morena con un Setter irlandés, la asistente de la entrenadora con sus chingaderas de Snauzers y su sobrepeso.
Al finalizar la función de circo dieron el aviso de que habría una competencia de obediencia dentro de ese club. Se contrataría a un juez de la Federación de Perros para que nos juzgara.
Pareciera fácil si ya había tomado el curso y Tosca se supiera la rutina completa practicada durante los últimos 7 meses. Estaba muy pero muy nervioso. No significaba nada en mi mente que todos fueras aficionados y freaks. Para mi el sólo nombre de Competencia ya me ponía muy frenético.
Resulto que en la competencia no podía creer todo el tiempo que se llevara desde el instante en que llegué hasta en momento de pasar a competir. Estaba yo ahí sentado en el piso con mi perra tomada de la correa, ella aburrida comiéndose en pasto y yo con colitis nerviosa.
Cuando por fin fue mi turno, en le ejercicio de los quietos, Tosca falló. Se movió y vino hacia mi. En el ejercicio del echado se sentó. Después en la parte del caminado junto, lo hizo lo suficientemente mal como para que estuviera satisfecho. Después de estar 6 horas ahí, nos retiramos con un diploma de participación. Aún lo conservo, no sé porque.
Quería que el destino de Tosca fuera exitoso. Que después de esa competencia, fuera a las ligas mayores de la Federación y debutara en la categoría de perro debutante. Para eso debía además de tenerla bien entrenada, había que registrarla en la Federación. Meses después, en el club corrieron la voz sobre el inicio de la expocan. No tenía la más remota idea de lo que me estaban hablando. Un fin de semana decidí ir. Al llegar me sorprendió la cantidad de gente que había por toda la calle principal en donde se realizaba el evento. Era gente que se había instalado ahí para vender perros. Me entusiasmaba ver tantos cachorros en venta. Algunas personas además llevaban a los padres de los cachorros para mostrarlos. En esa época estaba entusiasmado con la raza del labrador. Esa primera vez no llevé a Tosca, fui exclusivamente a ver de qué se trataba eso de la expocan. Pagué mi entrada y ya en el interior me di cuanta de la magnitud de la industria de los perros. Durante el curso ya me lo habían dicho, que la industria estaba en crecimiento. Que las compañias de croquetas en el país, todos los años superaban sus expectativas. Había una promoción para el registro de los perros. Esa era una de las razones por las cuales había ido. Por el mismo precio se otorgaba un papel, que no tenía claro hasta ese momento cuál era, se tatuaba al perro y se le ponía un microchip.
Para el caso de Tosca, no tenía los antecedentes de quienes habían sido sus padres: Sin esos papeles me dijeron que lo que correspondía era como quien dice, abrirle expediente.
El papel que le correspondía era el de inicio. El certificado de pureza racial. No tenía la menor duda de que Tosca era de raza pura. Había costado demasiado cara como para ser una cruza de dos razas diferentes. Normalmente este tipo de papeles se deben de sacar cuando el perro es cachorro, la razón es obvia: por el tatuaje. No es lo mismo tatuar a un cachorrito de 2 o 3 meses que a un perro mayor de 6 meses.
Tosca en ese momento tenía 9 meses, era grande. El microchip no me preocupaba, era como una inyección en el lomo, ¿pero el tatuaje?
Además del registro, vi una jaula que me interesó. Tosca no se podía quedar dentro de la casa sola. En una ocasión, que salí por la noche, cuando regresé, descubrí que se había comido el marco de la puerta de la cocina. Había hecho un boquete como si hubieran disparado con una escopeta. Si no eran los marcos de la puerta, se comía el piso de parquet. Desprendía la madera y jugaba con ella. Si se orinaba ahí, provocaba que la madera se hinchara. No podía tampoco dejarla afuera. Una de las razones era la lluvia, no tenía en donde refugiarse. No pensaba tampoco dejar la jaula afuera. Mi intensión era poner la jaula en mi recamara y dejarla ahí encerrada en los momento en que tenía que salir de casa. No pasaría frío ni tampoco provocaría destrozos. Había leído ya un articulo en Internet sobre cómo lograr que los perros se metieran a esas jaulas.
Al otro día regresé a la expo, el lugar quedaba más o menos cerca de mi departamento. Decidí llevarme caminando a Tosca conmigo. Eran como 30 cuadras, nos cansamos, pero era más el deseo de registrarla que otra cosa. Después de pagar, me pidieron que pasara a un sitio en donde estaban tatuando a los perros. Se escuchaban algunos lloridos alarmosos de cachorros. Supongo que Tosca no prestaba mucha atención a lo que escuchaba, era más su engentada, yo creo que nunca había visto tanta gente, ni tantos perros juntos en su corta vida.
Después de hacer fila unos 10 minutos, frente a un mostrador en donde marcaban a los perros como si dueran ganado, fue nuestro turno.

⎯Acuestela aquí arriba de la mesa por favor. ⎯me dijo un, ahora lo sé, inspector.

Recuerdo que tuvieron que ayudarme, yo no podía cargar a Tosca en aquel momento, no podía porque no sabía como hacerlo, pensaba que a los perros se les carga como a los niños.
Entonces el inspector me ayudó y luego vino el problema de voltearla o sea ponerla panza arriba. Oh no, eso estaba muy difícil, si con trabajos de dejo subir. El inspector le hizo una llave de lucha para poderla tumbar y una vez en la posición, me dijo:

⎯Pon todo tu peso sobre ella, sujétale bien las patas delanteras, que no te gane.

El inspector, muy ducho en el asunto le sujetó las patas traseras, no me explico cómo y comenzó a marcarle un número sobre la ingle derecha.
Pobre de mi perrita, qué le estaba haciendo…ni modo no había marcha atrás era por su bien, muchas cosas buenas irían a pasar a partir de que tuviera su tatuaje y registro. Cosas como cruzarla a la brevedad, que ganara concursos, que se cotizara vaya.
Realmente fue rápido, a mi se me hizo una eternidad y un desgaste porque vaya que me costó trabajo, por eso es que digo que siendo cachorritos es mucho más fácil. Después de eso mientras se tramitaba su certificado, decidí entrar con ella al evento. Tosca estaba supongo muy sacada de onda. Supongo que al entrar se le fue olvidando, imagino como fue que olió todo aquel aroma, ha de haber sido como entrar a un gran metro perruno.
Dentro compramos la jaula, era una de color azul, hecha en Canadá. En ese momento no sabía mucho de jaulas, esa era la que me había gustado. Fue buena compra pero ya con los años, por supuesto esas cosas no se compran ahí, y la marca pues tampoco, existen otras mejores.
Regresé en un taxi con la jaula y le pedí a Roberta que hiciera el viaje de regreso caminando con Tosca…ahora que lo veo, ella fue siempre buena persona con Tosca, la soportaba bastante.
Parte de la tarde la dediqué a trabajar en el articulo que había leído sobre la forma correcta de presentarle la jaula al perro, debía ser algo natural, sin forzarla, que de ninguna manera fuera a ser una experiencia traumática.
Llegó otras semana más y yo volví al campo y a entrenar a Nerón. Estaba a unas semanas de terminar completamente con él los dos adiestramientos: el de obediencia y el de guardia y defensa.
Después de haber logrado que mordiera la jerga, ésta se cambio por un taco. El taco es una como salchicha de borra forrada de un lino francés muy bonito. La consistencia del taco hace que sea muy agradable para morder. Ese es el paso intermedio porque después del taco viene ya el traje de hombre de ataque.
Fue muy complejo lograr terminar el trabajo, cuando finalmente Nerón mordía el traje surgieron otros problemas. Al principio mordía y soltaba, el perro debía morder con seguridad. Los perros miedosos muerden como si dieran pellizcos. Nada de esto recuerdo que me lo enseñaran en el curso. Creo que todo esto lo vine a aprender después, ya en la práctica.
Además eso pellizcos Nerón los daba con la punta del hocico.

⎯El perro tiene que entrar a fondo, hacer una adecuada sujeción, pelear la presa y no soltar. Debe soportar un vareo suave, incluso que se le aviente una silla y no soltar por ningún motivo. ⎯dijo Paul.
⎯¿Una silla?…coño.
⎯Este es un perro de seguridad, no es uno deportivo.

El entrenamiento se retrasó porque Nerón no tenía las credenciales de perro de guardia. Paul me dijo que lo correcto era que la compañía criara sus propios perros y que de ahí eligiera a los candidatos y que se les debía de enseñar a morder por gusto desde muy pequeños.

⎯Esto güeyes, todo lo hacían al revés. Ellos ya tenían los perros cuando se les ocurrió que podían hacer un escuadrón canino.

Nerón no sujetó nunca. Si acaso mordió unos segundos más y un poco más fuerte pero nunca dio el ancho realmente. Yo ya me había comenzado a encariñar con él, después de todo lo ví casi todos los días durante más de un mes.
Paul un día me dijo que ya no se podía hacer mucho más, que debíamos entregarlo unos días después e ir a otro sitio por otro perro.
El trabajo que me había ofrecido era hacer esto mismo durante un año o más porque quizá eran hasta 16 los perros que había que entrenar. Apenas llevaba uno.
Creo que el problema no siempre eran los perros, lo realmente difícil fue la capacitación de los guardias que lo estaban manejando. El guardía nos había entregado un perro y nosotros indiscutiblemente le devolvíamos otro muy distinto. Algunas veces tuve miedo de que el perro mordiera al que antes fuera su manejador.

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